
Bernardo Ramonfaur / bernardojbp@gmail.com
Ruta Alterna Org
Monterrey / 22 / 5 / 2015
Como su nombre lo dice, el espacio público pertenece a todos, a la sociedad en general, a todos los ciudadanos que la conformamos. Así debiera de ser aunque evidentemente no sucede así.
Vivimos en un intento de democracia que sigue siendo muy deficiente en muchos sentidos. ¿Qué sucede cuando el espacio que debiera ser público, se vuelve campo de guerra entre partidos políticos y grupos de poder?, esto sucede en la ciudad de Monterrey, y esta lucha de poder se materializa de diversas maneras en el espacio público.
Me llaman la atención detalles aparentemente pequeños pero con gran contenido o intención persuasiva. Por ejemplo podemos ver como cuando hay una administración panista en Monterrey, los colores azul y naranja son los preferidos a utilizar (por ejemplo los recientes aparatos de ejercicio que se instalan en diversos parques, las luces azules tan criticadas que se instalaron en pasos a desnivel, etc), y por otro lado, las administraciones priístas obviamente utilizan su peculiar rojo y verde. Y creo que no se trata aquí de decir que me gustan o no esos colores. No es cuestión de gustos, sino que es evidencia de que se carece de un plan serio y eficaz desde el gobierno, que piense y desarrolle los espacios públicos desde una lógica de bien común, es decir que podrían diseñarse estos espacios y todos sus detalles, siguiendo principios de diseño mas o menos «universales» y no desde una lógica de lucha de poder entre partidos. ¿Porqué no implementar principios de teoría y psicología del color que busquen incidir en el entorno para bien?. Y eso es solo un ejemplo.
Por otro lado, tenemos los nombres de las calles y otros espacios públicos. Existen de todo tipo, nombres de artistas, de animales, de planetas, de escritores, y por supuesto, de políticos.
No tengo nada en contra de que alguien quiera nombrar su calle como mejor le parezca, pero de eso a que un grupo de poder se ponga a nombrar calles, colonias, parques, bibliotecas, según sus intereses, pues no tiene nada de democrático. Por ejemplo, ¿a quien le gustaría vivir en una calle que se llame Carlos Salinas de Gortari?, o con el nombre de un exGobernador de Nuevo León que tuvo que renunciar por verse presionado sobre asuntos de corrupción (Sócrates Rizo), e incluso, ¿a quien se le ocurrieron los nombres «Fomerrey, Infonavit, Conasupo (cuando eran populares por acá)»?, esos nombres, de entrada ya dan una idea (al menos en lo personal así me sucede) denostativa, y obviamente no por el nivel socioeconómico ni por la gente que vive ahí y merece todo mi respeto, sino simplemente por esos nombres burocráticos, insípidos, demasiado institucionales, etc.
Ahora bien, ¿quién decide sobre las esculturas que se instalan en el espacio público y bajo que criterios? ¿a qué o quién obedecen esos criterios?.
¿Quién decidió qué esculturas instalar a lo largo del Río Santa Catarina? (Esas esculturas tan criticadas en su momento, y de artistas extranjeros en su mayoría).
O bien, ¿Quién decide instalar esas esculturas institucionales tan sin chiste?, todas esas que encontramos en numerosas avenidas y lugares públicos y que por lo general son esculturas metálicas verdosas con una base de cemento y de personajes muchas veces irrelevantes y desconocidos para gran parte de la población, y solo conocidos o relevantes para algún grupo dominante y que obviamente tiene interés en promoverlo para mantener ese dominio.
Ni que decir de la propaganda política que cíclicamente invade nuestras calles y espacios públicos y muchas veces violando expresamente la ley. En esta época electoral, me llamó mucho la atención para mal, una «nueva» manera de promocionar a la candidata Ivonne, y consistía en una base de cemento, con un tubo del cual iba amarrado un pendón. Estos pendones son movibles, y me toco verlos en distintas partes, y solo obstruían la vista, bloqueaban las banquetas, e incluso me tocó verlos frente al Tec de Monterrey, bloqueando el paso a los peatones que cruzan la Ave Garza Sada, y es un mecanismo claramente impositivo e ilegal ( Ver, Ley electoral de NL artículo 168).
Hasta aquí solo se ha mencionado lo que tiene que ver con la ambientación o diseño del espacio, pero no se ha mencionado a las personas, que viven y conviven con el. Y respecto a esto, lo que se puede observar (o al menos yo observo) es que también la convivencia está politizada, manipulada y coartada, esto con mecanismos que promueven la segmentación y marginación y que derivan en falta de accesos a colonias marginadas, «estado de sitio» de numerosas colonias de clase media y no tan media que se auto encierran con alambre de púas, rejas y cercas electrificadas, también mecanismos de vigilancia y represión por parte del estado, entre otros.
La situación que vive el país y la ciudad, obviamente tiene diversas causas, pero creo que una de ellas es esa estéril lucha política y de grupos de poder, que se quiera o no, se materializa en el espacio público. Al parecer, vientos nuevos empiezan a soplar ya en la ciudad, e independientemente de que se desplace o no al binomio político actual dominante, existe una sociedad mas informada y participativa, y ojalá pudiera esto traducirse en participación, dialogo y consenso para implementar las mejores soluciones en el espacio público, que obedezcan a una lógica de bien común y con fundamentos sólidos (¿Porqué, para qué, quién, para quién?) que nos permita construir y disfrutar de una mejor ciudad.
Me llaman calle
Reflexión sobre el espacio público
